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17 de xuño de 2020

El cielo abierto (Qué bonito es salir a pasear y que ocurran cosas capítulo 2)




[Fotografía: no es el cielo de hoy sino uno de un tiempo pretérito cuando aún tenía ganas de llevar la cámara conmigo a todos lados]

En esta Nueva Normalidad™ en la que ya estamos sigo con la cabeza centrifugando, con la capacidad de concentración de una zapatilla y con la vida atolondrada. Si bien tengo que reconocer que nunca fui un prodigio en cuanto a capacidad de concentración y que si llego a nacer 10 años más tarde me habrían diagnosticado un trastorno de déficit de atención e hiperactividad*, lo de esta temporada es exagerado hasta para mí. Vamos, que sigo viviendo porque no tengo que concentrarme para respirar, que si no...
Como ejemplo de lo que digo, este párrafo que acabo de escribir.
Creo que he batido algún record Guinness
en cuanto al uso de la palabra concentración en un mismo texto.
Salgo a dar largos paseos todos los días, para ver si se me aclara la mente, pero de momento lo único que he conseguido es que me salga una ampolla en el dedo meñique del pie derecho. Debe ser de los calcetines, porque el calzado que llevo tiene más años que el hilo negro y está perfectamente amoldado a mis pies... o eso, o que como me dice mi padre siempre, "es que estás mal hecha".
A ver, al grano, que me lío.
El caso es que hoy yendo tan tranquila sin meterme con nadie por una de las calles de esta aldea urbanizada/urbe rural/Lugo, me ha parado una señora cogiéndome del brazo.
SEÑORAQUENOMETOQUEQUEHAYQUEMANTENERLADISTANCIAHOSTIAS
Era el prototipo de abuela entrañable, de esas que parecen sacadas de la portada de un libro de recetas de cocina caseras. Pequeñita, redondita, con el pelo blanco inmaculado, con sus gafitas de nácar y sus perlitas en las orejas, de esas que evocan olor a jabón de lagarto y polvos de talco.
Una señora típica tópica.
Sin soltarme el brazo** achinó los ojos (creo que sonreía, pero con la mascarilla quién sabe) y me dijo:

- Tienes el cielo abierto.

Tras mirarme unos segundos con los ojitos aún achinados, siguió su camino.
La contemplé mientras se iba con sus pasitos de señora típica a sus quehaceres de señora tópica con una ceja levantada y la boca abierta. Tengo un don para toparme con desequilibrados mentales cuando voy tan tranquila por la vida sin meterme con nadie, así que no le di mucha más importancia y seguí mi camino, pensando en cómo están las cabezas y que hay que ver cómo se nos va.
Fui a la frutería.
Fui a la farmacia.
Fui al estanco.
Me paré en la calle con una conocida y estuvimos de conversación un buen rato.
Volví al estanco porque me llamó mi padre para que le cogiera tabaco a pesar de que un par de horas antes cuando le pregunté si quería algo me dijo que no, ejem, ejem...

Un buen rato después, llegué a casa.
Al mirarme en el espejo del ascensor, tuve una epifanía, y entendí las palabras de la señora.
Y comprendí que aún queda poesía en el mundo.


Tenía la cremallera del pantalón bajada.




* Hiperactiva ya os digo yo que no soy, que uno de mis superpoderes es el de poder yacer en el sofá durante horas sin moverme.
** Fernando Simón, lo siento: yo hago lo que puedo, pero la gente tiene la manía de tocar al prójimo.

9 de xuño de 2020

Vuelta (y revuelta)



He vuelto a casa, después de dos meses y pico.

Tuve la suerte de pasar el confinamiento en mi aldea, un pequeño núcleo en lo más recóndito de los Ancares lucenses.
23 casas.
1 iglesia (sin párroco).
10 vecinos (media de edad, contándome a mí, 70,8 años).
Unas 37 gallinas, 27 vacas y 6 perros.
0 bares.
0 wifi.

He estado bien, o todo lo bien que se puede estar cuando de repente la realidad en la que llevo viviendo toda mi vida se para en seco.
He podido pasear y respirar aire puro, maravillarme del resurgimiento de la naturaleza tras el invierno, ver como los cerezos se cubrían de flores y luego de cerezas...

Han estado mucho más rápidos los pájaros que yo,
y no he podido ni probarlas aún.

He tenido más video-cañas con los amigos de las que pensé poder tener en mi vida y, aunque no es lo mismo, me han servido de consuelo muchas veces.
He leído un montón (pero en serio, una auténtica animalada).
He recuperado horas de sueño acumuladas desde hacía años.
He organizado los armarios.
He limpiado a fondo.
He intentado limpiar y organizar mi cabeza pero en eso, como siempre, he fracasado.

He vuelto a casa.

Estos días estoy paseando muchísimo, reencontrándome con la ciudad. Todo parece igual, y todo es distinto.

Hoy, paseando para aprovechar los rayos que sol que nos quedan antes de que venga de nuevo el invierno (o eso parece, según las predicciones) me he encontrado con un conocido al que hacía tiempo que no veía. 

Lo de sonreír a través de una mascarilla es de las cosas más difíciles que he tenido que hacer últimamente.

Charleta inicial de rigor tipo holaquétalcómoestásquévidamásrara.
Me dice que el confinamiento me ha sentado bien, que estoy muy guapa.

Me lo han dicho mucho estos días...
...creo que las mascarillas son un boost de belleza para los cardos como yo.

Que si tengo tiempo para un café un día de estos.
Que hace mucho que no quedamos.

Y, de repente, flashback mental.
Recuerdo una noche en la que coincidimos en un pub.
Hubo muchas cervezas, un beso robado, una declaración de amor formal y un momento muy incómodo.
Mi expresión, a pesar de la mascarilla, debe delatarme porque sonríe.
Y así, a bocajarro, me dice directamente que promete no volver a besarme.
Que sabe que yo no soy para él.
Que ha aprendido a quererme sin esperanzas.
Que le basta con tomarnos un día un simple café, sin más.

Nunca podré tomarme ese café.
Nunca podré tener una conversación cómoda con él.
Porque nunca podré superar la sensación de culpabilidad que siento cuando pienso en que nunca le podré querer.
Y, sinceramente, estoy hasta las narices de sentirme como una mierda y de ir dejando cadáveres a mi paso.

Creo que me voy a volver a mi aldea.
Con mis 10 vecinos, las 27 vacas y la rutina sin amores no correspondidos.

13 de febreiro de 2020

I am a rolling stone (o, en román paladino, culo de mal asiento)

 [A veces recuerdo que tengo un blog...]

Se acerca San Valentín: felicidades a todos los Valentines, Valentinas y bebedores de Ballantine's en general. 
Los escaparates de las tiendas se han llenado ya con globos chuchurríos en forma de corazón, conjuntos de ropa interior con encaje, purpurina, confeti y cosas rojas. Rojo por todas partes, como en la matanza de Texas. A tope de rojo. Viva el rojo. 
Nunca he celebrado esta fecha, porque el-amor-se-desmuestra-todos-los-días-y-no-solo-cuando-quieren-los-centros-comerciales-y-el-amor-no-está-en-este-tipo-de-celebraciones-sino-en-las-pequeñas-cosas, pero que conste que tampoco tengo nada en contra de ella. Allá cada uno con sus sentimientos, sus demostraciones y su pasión por los osos de peluche que abrazan corazones. 
En mi trabajo se ha organizado un concurso de cartas de San Valentín. Los miembros del departamento somos también los miembros del jurado, así que se supone que tenemos que leerlas y escoger una ganadora. Se ha repetido por activa y por pasiva que no se trata solo de escribir cartas siguiendo las convenciones del amor cortés, que cualquiera puede participar con una carta dirigida a un amigo, a un primo, a su dentista de confianza o a su perro.

[En resumen, que nos viene dando bastante igual quién está enamorado de quién, 
que lo único que queremos es que el alumnado escriba de una puta vez un texto más largo
que un mensaje de whatsapp, que luego vienen los exámenes y todo son llantos y crujir de dientes]


Ayer bajé a leerlas.

[Más que nada porque la fecha límite para votar era hoy por la mañana y ya sabéis, 
soy así de organizada]

Madremíadelamorhermoso.

Entre plagios sangrantes de películas, traducciones de poemas de Neruda que harían llorar al propio Google Translator y maquetaciones loquísimas a tope de purpurina, creo que nunca estuve tan cerca de sufrir un stendhalazo.

[Priometo mi voto al partido que proponga regular el uso indiscriminado de purpurina]

De verdad, una locura.

Al cabo de cinco minutos ya estaba tan empachada de tanto (intento de) poema, tanto cliché y tanto "you're my whole life" que hasta cerré los ojos un rato para reponerme de tanta intensidad. Mis compañeras, mientras, suspiraban y soltaban muchos "oy-oy-oy-oy" embelesadas. Yo pensaba en fumar, en lo que me quedaba por corregir para el día siguiente, en que me estaba molestando la bota izquierda en el dedo meñique...

Pensaba en que en ese preciso momento podía estar de vuelta en Santiago, buscando a mi Distracción de Ojos Azules y Voz de Narrador© por las calles. Pensaba en esa mañana que había pasado unos días antes pensando en si aceptar una vacante en casa o una vacante en Santiago, solo por intentar volver a verle. Pensaba en que había hecho bien quedándome en casa porque, a ver, que de viajar por Galicia adelante ya estoy cansada y que mi cuenta corriente no está para muchas tonterías. Pensaba en que por fin parecía haberme entrado algo de sentido común, escogiendo la opción más lógica y más mejor.

Pensaba, pensaba, pensaba…

Aunque no haya vuelto a tener noticias suyas desde aquella triste noche, pensaba en él, como pienso todos los putos días.  

 [Foto de calidad paupérrima que saqué disimuladamente para no tener que darles explicaciones a mis compañeras de porqué le estaba sacando fotos a las postales si supuestamente paso del día de San Valentín, que luego todo se vuelven cometarios del tipo "si es que al final, también a ti te hace ilusión"]

(*) Por si le interesa a alguien, voté como ganadora la carta de un alumno que no debió enterarse bien de la movida y le escribió a su tío para preguntarle si seguía yendo a misa los domingos. Sin “I love you”, ni purpurina, ni chorradas.


17 de abril de 2019

"On drinking" de Bukowski

De repente entró en el bar, abriéndose paso entre la muchedumbre, y estaba claro que era él. 
Mi amiga ya me lo había comentado. "Oye, le dije a un amigo mío que se viniera a tomar algo, no te importa, ¿no?". 
Y, sin tener más datos, supe quién era en cuanto lo vi.
Alto, más alto que la media. Rondando los treinta. Oxfords marrones, pitillos grises, polo blanco, chaqueta de punto marrón. Sombrero marrón, gafitas metálicas modelo aviador. Mochila de cuero (seguramente vegano). Y qué barba. Toda una obra de ingeniería, producto de horas de cuidados y dineros invertidos en barber shops de esas en las que dan masajes con Jägermeister para activar la circulación y cerrar los poros. 
Guau. El más hipster del pueblo había llegado.
Dos besos y olor a amizcle (o a marihuana, no lo tengo muy claro). Interrogatorio al camarero acerca de las cervezas artesanas disponibles. Mohín de disgusto al ver que sólo hay tres marcas disponibles. 
- Es que en Hamburg en cada bar lo más normal es que tengan decenas de tipos y tiradores y, claro, acostumbrado a eso, beber una industrial es como beber pis - dice sin inmutarse comiendo su tapa de lacón.
Os juro que dijo "Hamburg" con naturalidad, como quién no quiere la cosa.
De la tapa no dijo nada, 
por lo que me imagino que sí que estaba a la altura de las tapas de lacón de Hamburg
Por lo visto por culpa de su agenda llevaba años sin volver a "Luguito", pero había sentido la llamada. Necesitaba desconectar. Abrazar la pachamama. 
- Me encanta venir aquí un par de días para evadirme de la civilización, del agobio de las ciudades. Reencontarme conmigo mismo y poder pensar es un lujazo...

Es lo que tienen las ciudades de 100.000 habitantes,
que como no tienes que andar pendiente de recargar el abono del metro
tienes un montón de tiempo libre para pensar.
Tiene cosas en marcha. Muchas. Muy complejas e interdisciplinares. Acaba de venir de cerrar un trato con un colaborador y para la semana marcha volando a Ámsterdam para empezar con los preparativos del siguiente proyecto. El último tuvo gran éxito, pero no hay que acomodarse, y no hay que estancarse cayendo en la autocomplacencia. Su cabeza no para de crear. 
Os prometo que no tengo ni puta idea de a qué se dedica exactamente.
Pero es que ni flores, en serio.
Me voy a fumar, y sale conmigo. Saca una petaca de cuero y me ofrece de su tabaco. 
- Me lo manda un amigo desde Colombia*: es el que planta él. 100% natural, sin conservantes ni añadidos raros. Esto es tabaco, y no la mierda que nos venden aquí. 
Yo, pobrecita de mí, tan paleta y tan provinciana, temerosa de no saber apreciar tanta calidad, no me atrevo a malgastar del suyo y uso del mío. Hay que ver, moriré por un cáncer pueblerino, pudiendo fumar verdadera salud.
Me pregunta a qué me dedico, y frunce un poco el ceño. 
- Durante una temporada pensé en dedicarme a la docencia, ya sabes... en ser parte del cambio... en educar a la gente para la vida de verdad... en el think outside the box y todo eso... pero el sistema está tan podrido que no quise formar parte de esa fábrica de seres alienados, you know?
I know, I know.
Cuando firmé el contrato tuve que aceptar una cláusula referente
al moldeo de mentes y manipulación pro-sistema.
Alguna vez me ha quitado el sueño.
Luego pienso en los complementos salariales y se me pasa.
La conversación sigue porque a veces los cigarros no se acaban nunca. Me pregunta si me gusta leer, y qué suelo leer. Otra vez frunce el ceño cuando le digo que últimamente sólo leo novelas.
- Yo antes también leía novelas, pero hace tiempo que ya no. La vida es tan corta que no merece la pena malgastarla leyendo algo que no te aporta algo como persona, que no te hace medrar. Es como las telenovelas: entiendo que a las amas de casa les entretengan, pero para la gente con inquitudes... ¿para qué perder el tiempo así? Yo, desde hace tiempo, devoro sólo documentales y ensayos.
Como es comprensible, después de descubrir en menos de media hora que no sé beber, no sé fumar y no sé leer, decido irme a casa. Entramos de nuevo en el bar y pongo una excusa junto con mi mejor sonrisa. Quedamos en quedar pronto, muy pronto, con más calma y más tiempo. Vamos hablando, sin fallo.
Dos besos (definitivamente huele a marihuana). De su mochila de cuero (ahora ya sin lugar a dudas vegano, orgánico y de comercio justo) sobresale, de manera poco natural, un libro: On drinking de Bukowski. Resuenan en mi mente las palabras de una noche de cervezas industriales y tacabo del malo cuando un amigo me dijo que nunca me fiara de alguien que sigue siendo fan de Bukowski teniendo más de 25 años.
Todo podía haber acabado así si no fuera por un mensaje que me llegó al cabo de un rato:


Definitivamente, tengo de dejar de fumar.
Y de juntarme con gilipollas.
* Señores de aduanas, al loro.

10 de outubro de 2018

Qué bonito es salir a pasear y que ocurran cosas

http://theoatmeal.com/comics/kids

[Imagen: The Oatmeal retratando mi vida]


"En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. 
Si son idiotas en serio, 
o si se toman a pecho la burda comedia 
que representan en todas las horas de sus días y sus noches". 
[Robert Louis Stevenson]

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[Actualización sobre holocaustos sentimentales: en estas dos semanas me he enterado de que otras dos parejas conocidas han cortado. Continuamos para bingo] 
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Estas semanas como desempleada (otro día hablamos de eso si tal) tengo tiempo para hacer un montón de cosas. Al menos hipotéticamente, porque estoy en un momento en el que lo que más me apetece es deambular por casa en pijama y moño y dejarme llevar por la dejadez extrema (a tal extremo que salir a tomar unas cañas me causa la mayor de las perezas... con lo que yo he sido...).
Sin embargo, y con el fin de acallar a esa vocecita puñetera que me repite todo el día que ya está bien de rascarme los perendengues y que más me vale hacer algo productivo, estos días estoy aprovechando que todavía hace sol para dar largos paseos, porque al ritmo que voy mi obesidad acabará siendo mórbida y ya veréis que risa cuando tengan que venir los bomberos con una grúa a sacarme de casa. Así que hoy, aprovechando que tenía que ir a hacer unos recados, he cogido el camino más largo y he ido dado un paseo por una carballeira.
Imaginaos lo bubólico de la estampa. Lugo, 9.15 de la mañana. La niebla ha dejado paso a un sol que aún no calienta pero anima. Los árboles se sacuden las últimas gotas de rocío y disfruto de mi paseo en soledad (porque ya me direis quién está tan zumbado como para ponerse a andar por el medio de un bosquecillo a esas horas un día laborable con la rasca que hace). Las hojas crujen lastimeras bajo mis pies. No hay ni ruido de coches por la zona. Creo que hasta cierro los ojos para disfrutar más intensamente del momento...
... y de pronto aparece una figura empujando un carrito de bebé (que ya son ganas de hacer el esfuerzo de empujarlo por la tierra teniendo un sendero asfaltado a escasos 10 metros). La figura me saluda (la que empuja el carrito, la de dentro del mismo era un bulto informe de mantas). Mi astigmatismo me impide reconocerla hasta que llega a mi lado: se trata de una chica con la que solía jugar en la calle cuando éramos niñas (oh, sí, aquellos tiempos en los que los niños jugábamos libremente como salvajes por las calles sin la supervisión de ningún adulto) y a la que llevo sin ver como mínimo 15 años.
Tras los besos de rigor y las muestras de alegría ohdiosmíocuántotiempoestásigualnohascambiadonada me presenta a su bebé (o eso creo, porque con tal cantidad de mantas, lo único que conseguí atisbar fue una nariz). Más muestras de alegría ohquémonoporfavorenhorabuena. Y se pone a contarme su vida.
Por lo visto esta chica (unos 5 años menor que yo, así que andará por  los 27 o así) ha estado casada ya un par de veces y tiene un par de retoños de diferentes padres. Esa mañana iba a hablar con el abogado porque uno de los padres (creo que el Padre 1) lleva no sé cuánto tiempo sin pasarle la pensión y menudo cabrón. Porque claro, ella no trabaja porque sólo trabajó unos meses de camarera y ahora con las niñas pues no puede, y sus padres la ayudan pero tampoco le pueden dar mucho y claro, es todo un follón. Y aunque ahora está con otro chico (podemos llamarle Aspirante a Padre 3) que es camionero, esta temporada está sin trabajar porque en un control de alcoholemia dió positivo y le quitaron el carnet. Que a ver, que borracho no iba, que sólo se había tomado un par de cañas, pero es que la Guardia Civil siempre aparece cuando más molesta y que ya podían dedicar su tiempo a meter en la cárcel a todos los chorizos que nos roban. 
Y entonces vino la pregunta:
- ¿Y tú qué tal?
La conté un poco mi vida por encima (sin entrar en más detalles, que tampoco es plan ni me apetecía lo más mínimo) y vino la siguiente pregunta.
- ¿Y estás casada?
Le contesté que no, que de hecho esta temporada no tengo ni pareja. 
Siguiente pregunta:
- ¿Y niños?
Le dije que no, ahorrándome puntualizar que tener niños es algo que me apetece tanto como depilarme las ingles con un soplete y que mucho se tienen que torcer las cosas en mi cabeza como para llegar a planteármelo ni tan siquiera remotamente.

Nunca 
nadie 
me 
había 
mirado 
con 
tanta 
cara 
de 
lástima.

Y, para colmo, lo siguiente que salió de sus labios fue: 

- Bueno mujer, pues a ver si tienes algo de suerte en la vida y las cosas se te arreglan, que es muy trsite llegar a cierta edad y no haber hecho nada. 

Nos despedimos y cada una siguió su camino. 

A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a dar un paseo en mi vida.
Bomberos, id preparando la grúa,

23 de setembro de 2018

Holocaustos sentimentales

[Imagen: Black Mirror, Hang the DJ - temporada 4 episodio 04 -] 

I don't think
anything really lasts

coffee cools
cigarrettes end
music stops
and life simply goes,
on.
I don't think
anything really lasts. 
[A.R]

No sé qué es lo que pasa este verano, pero cada semana recibo la noticia de que una pareja de mi entorno lo ha dejado. No sé si es que nos están echando algo en el agua, o si es que al final lo de los chemtrails es algo más que una teoría paranoica y estamos siendo fumigados, pero el caso es que un número alarmante de parejas que conozco lo han dejado en estos meses. Por si fuera poco, otras dos parejas muy cercanas a mí están pasando (juntas, eso sí) por un momento horrible que no le deseo ni a mi peor enemigo, así que parece que por este lado del Miño las cosas a nivel sentimental están más que jodidas.
Hace unos días hablaba con un amigo de las redes de ligoteo. Este amigo está conociendo a una chica a través de una de ellas, lo que ha dado lugar a un intercambio frenético de audios por whatsapp porque parece que la cosa tampoco está yendo demasiado bien. Después de contarme sus tormentos con esta y otras chicas, me propuso (medio en serio, medio en coña) que yo me hiciera un perfil en alguna de estas aplicaciones, “por probar”.
Cavilando en lo horrible que me parece la idea, la semana pasada en el vestuario del gimnasio (porque sí, aunque no se me note absolutamente nada, yo voy al gimnasio) dos chicas jóvenes, guapas y esculturales cotilleaban acerca de sus últimas conquistas en Tinder. Una de ellas le enseñaba su último fichaje a su amiga: un chico guapo, médico, culto y (a juzgar por la cantidad de comentarios soeces que siguieron a continuación) con un cuerpo como para hacerle un favor y darle las gracias. En estas estaban, poniéndose al día de sus encuentros (y de paso a todas las que intentábamos sacarnos el sujetador deportivo sudado a base de tirones) cuando la segunda en cuestión, no sé si por ser buena amiga o por envidia, le dijo a la otra: “Tía, es demasiado perfecto como para estar en una app así. Seguro que tiene algo malo”.
Desde ese momento (o más bien, desde que recuperé el riego tras quitarme el sujetador) no pude dejar de pensar en esa frase. Creo de hecho que ese comentario me hizo pensar más a mí que a ellas, ya que acto seguido se pusieron a hablar de la falta de dinero de ambas tras un verano apoteósico y de la posibilidad de empezar a vender ropa en web de compra-venta de segunda mano.
¿Qué nos pasa? ¿Qué es lo que está mal con nosotros? ¿Qué tara tan horrible tenemos, de la que no somos conscientes, que aleja a la gente? ¿Cómo se conocía la gente antes de que existieran todas estas app? ¿Hemos perdido parte de nuestra capacidad de relacionarnos socialmente? ¿O es que nos hemos malacostumbrado a que todo sea inmediato, y que nada suponga más esfuerzo que hacer una foto de una falda y subirla a Wallapop?
Creo que nos matan las prisas. Lo queremos todo, y lo queremos ya. Nos apuntamos al gimnasio el lunes y el domingo nos damos de baja porque aún no se nos notan los huesos de la clavícula (en mi caso creo que, directamente, he nacido sin ellos, por mucho que las fotos antiguas de hace 18 kilos menos se empeñen en demostrarme lo contrario). Nos apuntamos a inglés en septiembre y en noviembre ya lo hemos dejado porque creemos que con ponernos la series en inglés con subtítulos ya nos llega. Nos ponemos a dieta el lunes (malditos lunes, cuántas cosas que hacer…) y el viernes nos comemos hasta el servilletero del bar.
¿Hemos perdido la constancia? ¿Dónde ha quedado la cultura del esfuerzo, del trabajo? Me niego a creer que la única forma de encontrar a alguien sea a través de apps. Me niego a aceptar que la realidad vaya encaminada a acabar como en ese capítulo de Black Mirror en el que un dispositivo les anuncia a las parejas que se acaban de conocer cuánto van a durar. Me niego a perderme todo el ritual de las primeras miradas, de las sonrisas absurdas, del recorrer bares en la búsqueda de Esa Persona.
Mi vida está carente de Personas en mayúscula desde hace tiempo. Sigo en un "ni fú ni fa" emocional. Sin novedades en el frente. Todo tranquilo. Calma chicha. Y no sé si es bueno o no, pero ya he dejado de pensar en ello. Es cierto que echo de menos estar emocionada: ese tipo de emoción que te hace probarte quince modelitos antes de salir de casa, que te hace hacer cosas raras como maquillarte un lunes y como desviarte de tu ruta para ir al trabajo dando un rodeo por si acaso te cruzas con Esa Persona.
Creo que no soy una persona ingenua: más bien peco de todo lo contrario. Pero tampoco creo que el futuro pase por buscar a un candidato como se buscan hoteles. Me gustan las cosas que empiezan como sin empezar, como quien no quiere la cosa.
Estoy segura de que estoy siendo muy cerrada de mente, y de que me estoy perdiendo a mucha gente interesantísima por el camino. Pero es un riesgo a correr. Y mientras el mundo a mi alrededor parece estar sufriendo un holocausto a nivel sentimental, los que ya llevamos desterrados una temporada no podemos sino intentar ofrecer algo de consuelo (y digo algo porque en estos casos al final no hay que hacerle y cada uno ha de lamerse las heridas como buenamente pueda) y seguir sobreviviendo a la rutina como buenamente podemos.
Aunque ahora,  cada vez que me pongo a ojear el catálogo de Netflix y paso por encima de cientos de series sin prestarles apenas atención buscando una que me llame la atención, experimento una sensación rara. Como de tristeza resignada.

27 de febreiro de 2018

Pereza extrema

Poor Tom Nuggents lazy cow by David Shanahan

No sé si es cosa de la edad o de una cierta sociopatía eminente pero últimamente la gente me da cada vez más pereza.
En serio, qué horror.
Hace años me hubiera partido la cara (metafóricamente) con cualquiera que me llevara la contraria en cualquier discusión, y me hubiera enredado durante horas en debates normalmente estériles intentando convencer al "oponente" de lo errado de su punto de vista. Por aquellos tiempos era joven, tenía energía y había leído libros; era la época de los blancos y negros, del todo o nada, del ardor de la juventud.
We were young, brash, cocky—we knew everything. Por suerte, como las gripes, esto también lo ha curado el tiempo: ahora mismo sé que no tengo ni idea de nada, parafraseando al griego aquel. He perdido la cuenta de las veces en las que, estando firmemente convencida de algo, ha llegado alguien con mejores argumentos y me ha hecho cambiar de parecer. Supongo, tal vez, que he aprendido a escuchar.
Y escuchando más que hablando, aunque sigo siendo bastante bocazas, me he dado cuenta de la pereza inmensa que siento hacia la gente. 
Obviamente se trata de una generalización: sigo encontrándome con personajes maravillosos a los que da gusto escuchar, pero son los menos. Estoy saturada de expertos de bar, de todoloséístas, de sabios de Wikipedia. De escuchar monólogos en vez de participar en conversaciones. De los reaccionarios del pensamiento único, su pensamiento único, enamorados de su propia voz y henchidos de su propia vanidad que dan mítines ignorantes de su propia estulticia. 
Y, ante estos personajes, asiento y sonrío, pareciendo mucho más imbécil de lo que realmente soy. Sonrío porque me hace gracia recordar que no hace tanto me hubiera enzarzado en una discusión con ellos, lo que viene siendo como intentar parar un tren con la frente. Y sonrío porque recuerdo lo mal que me sentara el hecho de que hace unos años tres personas que por aquel entonces estaban muy vinculadas a mi vida (¿qué habrá sido de ellos, por cierto?) me acusaran con muy poco tiempo de diferencia de ser condescendiente. 
Vaya si lo soy. Porque gracias a esta condescendencia autoadquirida puedo ahorrarme tiempo en mi vida. Porque gracias a ella puedo aguantar impávida la enésima charla que me da el listo de turno sobre que lo mejor es la cerveza artesana (todas ellas, no hay ni una mala), que los festivales son una mierda y sólo merecen la pena los conciertos de artistas durante sus giras y sobre lo importante que es apuntar a los niños a clase de inglés en cuanto se les corta el cordón umbilical. Porque he aprendido a convertir semejantes peroratas en white noise que sirve de fondo a mis pensamientos. 
Y es que, aunque no lo parezca, pienso mucho. Muchísimo. A veces, incluso, cosas importantes.
Como en lo horrible que es ser imbécil y no saberlo. Y en la pereza que me da, en general, la gente que me rodea.

18 de febreiro de 2018

Oda a la improductividad

Arriésgate, sal de tu zona de confort 25 veces al día.
Ve a Pilates, haz Zumba, anda en bici y respira aire puro.
(Respira, coño, que es buenísimo para la salud.)
Ve documentales, películas, series, procura estar siempre a la última de todo.
¿La última de Lars von Trier? Ya la has visto, aunque no la hayas entendido*.
¿El último de Murakami? Ya lo has leído, aunque no se haya ni publicado. 
Ve a conciertos, a exposiciones. Visita galerías de arte, todas las que puedas. 
Trabaja, estudia... trabaja y estudia. 

Sé tu mejor yo. 
Vive, ¡vive! 
Y demuestra tooooooodo lo que puedes vivir, porque somos así, intensos, y aprovechamos el tiempo.
Cada minuto es un regalo. ¡Carpe diem, malditos!



O, simplemente, pasa de todo y haz lo que te apetezca.
Reconozco que normalmente a mis días les faltan horas y cuadrar algún que otro plan es imposible por falta de tiempo. Reconozco que normalmente ando de la ceca a la meca, siempre a la carrera, siempre con cosas pendientes que hacer.

Pero, a veces, me gusta esconderme de mi propia vida.

Esta semana que termina ha sido corta gracias a carnaval. He podido hacer puente en el trabajo, lo que me ha permitido tener cuatro días libres. Si bien normalmente juntarme con tantas horas de ocio significaría encadenar algún concierto o visita a alguna exposición con varias rondas de cañas, un par de documentales y unos cuantos artículos sesudos de escritores variados, esta vez me he tomado vacaciones.

Y, qué queréis que os diga, no me arrepiento de nada.

No me arrepiento de haberme pasado horas en pijama tirada en el sofá viendo cualquier chorrada que no me hiciera pensar de las miles disponibles en Netflix. Ni me arrepiento de no haber mirado la agenda cultural, ni se haber hecho el más mínimo esfuerzo por hacer algo medianamente productivo. No he adelantado trabajo atrasado, ni me he puesto al día con la colada, ni he solucionado ninguna de las miles de "Cosas Pendientes Para Hacer Cuando Tenga Un Ratito".
No he salido ni siquiera a pasear, y si han caído algunas cañas ha sido porque el cuerpo ya me dolía tras tanta horizontalidad inerte.

Me he convertido en una "nini" estos días, y no me arrepiento de nada.
Porque estoy bastante harta de este espíritu de superación personal que se ha adueñado de todos nosotros sobre todo desde que tenemos redes sociales. Y, si bien es cierto que me gusta ser una persona activa y hacer cosas, de vez en cuando necesito unas vacaciones de mi propia vida.
Porque no tengo que demostrarle nada a nadie y, a veces, lo único que quiero es estar conmigo misma (que, a fin de cuentas son muchos años y he aprendido a tolerarme bastante bien) y resetear el cerebro.

Mañana empieza una nueva semana.
Tengo millones de cosas pendientes en el trabajo que me recibirán mirándome acusadoras en cuanto entre por la puerta y haré algunas, todas o la mayoría.
Tal vez vaya a Pilates.
Intentaré sacar un hueco para estudiar antes o después de trabajar.
Caerán algunas cañas (salvo desgracia inesperada).
Hay una exposición de Salvador Dalí que me tienta.

Volveré a ser productiva (o no). Hasta el próximo arrebato de improductividad que me sobrevenga.


(Imagen de la película The Big Lebowski de Joel Coen)





*Seamos sinceros, no las entiende ni él.