1 de novembro de 2019

Otro día más (y ya van 12053)


[Fotografía: uno de mis fetichismos]
One more wasted digging holes
Down where the streets are paved with souls
It makes it harder to join the dots
The river gets wider in front of us
The last train will pull you through
At night the war still comes to you
It makes it harder to join the dots
The river gets wider in front of us
Baby, we're nothing but violence
Desperate, so desperate and fearless
Mess me around 'til my heart breaks
I just need to feel it
Baby, we're nothing but violence
Desperate, so desperate and fearless
Desperate and fearless
Oh, violence

[Editors, Violence]







Me desperté a las 7:20 de la mañana, porque a mis ritmos circadianos no hay nada que les mole más que boicotearme los festivos.
Sin embargo, tras media hora de vueltas y revueltas en la cama hasta sacar de su sitio las sábanas, fui capaz de volver a dormirme hasta las 10.
Me levanté y desayuné leyendo la prensa del día mientras fuera llovía como si nunca hubiera llovido antes. Me vestí y salí a comprar pasteles.

En la pastelería había una cola interminable y una maldita vieja de los cojones señora mayor empeñada en preguntar por absolutamente todos los tipos de pasteles que tenían a la venta.
Uno por uno. Tocando con el dedito en el cristal.
- Neniña, ¿y este de qué es? ¿Y está rico?
No, señora, no está rico, es mierda pura con veneno.
¿Qué tipo de pregunta es esa?
Me empapé cuando volvía a casa porque mi paraguas, después de cientos de temporales aguantando como un jabato, decidió inmolarse.
Llegada a casa, pasteles a la nevera, ducha.
Llorar un poquito.
Pijama, sofá, música.
Baby, we're nothing but violence...
Nada puede ir mal con la voz de Tom Smith de fondo.

Viene mi padre con su catarro de tomar unos vinos con los amigos.

Salgo a buscar la comida que encargué. Hoy parece que es el día nacional de las colas, y me paso casi 20 minutos en la tienda esperando, con el abrigo puesto por encima del pijama y un moño mal hecho.

Y toda la dignidad del mundo, claro.

Llegan de trabajar mi madrastra y su hija. Comemos los cuatro. Acabamos con todos los pasteles de una sentada.

Mereció la pena la espera: estaban bien buenos.
Siesta.
Paseo por la tarde, aunque llueve y ahora siempre es de noche.
Al final lo que se suponía que iba a ser un paseo vigorizante, largo y a buen ritmo,
se ha convertido en una escapada rápida hasta la tienda de gominolas más cercana.
Me he comprado unas 2000 calorías vacías.
No me arrepiento de nada.
Más música.
...desperate, so desperate and fearless...
Casa, pijama, cena ligera.
Pasar las hojas de un libro sin prestarle atención.
Llorar otro poquito.
...mess me around 'til my heart breaks...
Cama, insomnio.
Miro el reloj, sigue siendo día uno.
...I just need to feel it.

***
Feliz trigésimo tercer cumpleaños a mí. 
Mañana es otro día. 

9 de outubro de 2019

La vida no tiene CTRL+Z


[Imagen: una de las obras maestras del gran Leandro Barea]

(Nota aclaratoria: prometo que después de esta entrada dejo de escribir en plan "intensito" una temporada)


Hace un mes de tu último whatsapp, y un mes y cinco días de aquella tarde-noche que solo sirvió para confundirme más.
Reconozco que las horas antes de quedar las pasé con el corazón en un puño y un enjambre de avispas velutinas en el estómago. Creo que nunca en mi vida había mirado tantas veces el reloj. Fui incapaz de concentrarme en nada, salvo en que quedaban tres horas para verte. Dos horas y media. Dos horas...
Un día de estos voy a mandarle una caja de algo rico e hipercalórico 
a la pobre compañera que tuvo que trabajar conmigo aquella tarde, 
porque reconozco que en esos momentos era poco matarme.
Recuerdo que pasé frío toda la tarde: fue un día extremadamente ventoso en Santiago a pesar de ser principios de septiembre y, en mi afán por demostrarle al mundo lo absurda que puedo llegar a ser, el vestido de gasa veraniega que me puse no era suficiente para lidiar con aquella ventolera cuasi siberiana.
Mis defensas se portaron y resistieron como jabatas, 
a pesar de que me tenía más que merecida una doble neumonía con tirabuzón 
por absurda e incosciente.
Salí. Te esperé. Avisaste de que llegabas tarde. Te seguí esperando.

Llegaste. 
Estabas guapísimo, de verdad.

Mentiría si dijera que no tenía ningún tipo de espectativa aquella tarde: mi cabeza había tenido muchas semanas de desempleo para divagar, para imaginar irrealidades de esas con las que paso mis días. En el peor de los casos, me dije sin escucharme, por lo menos esa noche quedaría claro si había lugar a algo más o no. Si realmente te interesaba o todo era una invención mía. Si habría un gran "Continuará" o todo acabaría con un fundido a negro como el final de Los Soprano.
A estas alturas esto ya no es un spoiler, ¿no?


Y fueron pasando las horas, y las cervezas, y los vinos. 
Y fueron pasando los temas de conversación. 
Y sacaste el tema de las relaciones amorosas, de lo difícil que es encontrar a alguien con el que ilusionarse. 
Y hablamos de relaciones pasadas, presentes y futuras. 
Y bebimos más cerveza, y más vino, a pesar de que era un jueves y el viernes tenías que entrar a trabajar a las ocho y no habíamos cenado y yo ya arrastraba un poco las erres al hablar. 
Y propusiste ir a tomar una copa.
Y al cogerte la cartera para que no pagaras tú me cogiste la mano y estuvimos así, agarrándonos las manos, como unos cinco minutos mientras la camarera nos miraba con cara de "dejaos de hostias y pagadme de una puta vez" "son doce euros, por favor".
Y me tocaste la espalda y la nuca varias veces.
Y te agarré un par de veces del brazo.
Y mientras hablábamos, nuestras manos no paraban de tocarse.
Y nuestras cabezas cada vez estaban más juntas.


Y, de repente, dijiste de irnos a casa.


Volví a oír el ruído del pub en el que estábamos y a ser consciente de la gente que nos rodeaba, del frío de aquella noche en Santiago y de la acidez que me había provocado la cerveza.

Nos despedimos, en medio de una plaza desierta, con los dos besos en las mejillas más lentos que me han dado en la vida y tu epitafio "cuando vuelvas a Santiago avisa".
Y me fui para casa con la cabeza hecha un lío.

Después de cinco pasos en direcciones opuestas, entendí que no habría un "¡Eh, espera! ¡Qué carallo, tomemos la última!"

Creo que esa noche la gente que paseaba por la calle de San Pedro 
flipó muy fuerte al ver pasar a una gorda semicongelada 
llorando sin explicación. 

Llevo un mes y cinco días dándole vueltas, y sigo sin entenderlo. Y creo que no lo entenderé nunca.

Lo único que sé es que si llego a saber que no volvería a tener contacto contigo, las cosas esa noche hubieran sido de otra manera. Te hubiera besado, no sé muy bien si con la segunda ronda de cervezas o con la primera de vinos, pero te hubiera besado. Y habría salido por fin de dudas. Porque, aún poniéndonos en el peor de los casos (que es algo que me encanta y se me da de cine), la vergüenza que me hubiera podido ocasionar tu rechazo hubiera durado menos que esta sensación que me devora desde entonces.

Recuerdo un audio tuyo de antes de las vacaciones de verano en el que decías (y cito textualmente*) "ao final sempre [...] habemos cadrar seguro, que ao final a xente atópase. Iso é así"

Hace un mes que no sé nada más de ti. Así que parece que no, que no nos vamos a encontrar.


Querida Distracción con los Ojos Azules y Voz de Narrador©, ojalá todo hubiera sido de otra forma.

Hasta siempre.

***

(Pregunta seria: ¿qué tan mala idea sería coger, copiarle el link de esta entrada y mandársela así, sin más explicaciones?)

*Qué idea más mala esta de volver a escuchar tus audios...

19 de setembro de 2019

Vivan los domingos sinceros


[Fotografía: robada de la página del Gaiás]

...en Comala comprendí  
que al lugar donde has sido feliz  
no debieras tratar de volver...
Joaquín Sabina, Peces de Ciudad

Pocas cosas hay más irracionales que odiar un sitio. Las ciudades no son más que alquitrán, hormigón, y alguna que otra zona verde para intentar enmascarar la polución que nos está matando poco a poco. 
Odié Dublín porque llovía, hacía frío, y el hotel en el que nos quedamos fue el peor que he pisado en mi vida.
Amé París porque hacía sol, buen tiempo y estaba con gente a la que adoro. 
Odié Berlín porque perdimos el bus, el metro no llegaba hasta nuestro hotel y el pollo de la cena estaba seco.
Amé Inverness por las risas de la precena, de la postcena y los conciertos improvisados.

No hay nada más subjetivo que el amor o el odio a un sitio. Los sitios son sólo eso, sitios. Lo que de verdad los hace diferentes, y perdón por la obviedad, son sus personas.

Siempre odié Santiago de Compostela. 
Recuerdo que en las excursiones siempre llovía.
Recuerdo resbalar y caerme al suelo en una de esas interminables calles empedradas, rompiendo mi pantalón favorito.
Recuerdo ir a un hospital a ver a un moribundo.
Recuerdo una época en la que todas y cada una de las personas que conocía que era de Santiago eran rematadamente gilipollas muy especiales (en serio, no se salvaba una). 
Recuerdo llorar en el aeropuerto despidiéndome de Una de las Grandes Personas de Mi Vida© (¿qué habrá sido de él, por cierto?)

Santiago, durante mucho tiempo, sólo fue un sitio gris, lleno de mala gente y de malos momentos. Por eso este año cuando tuve que ir a trabajar allí, todo fue llanto y crujir de dientes.
Eran sólo quince días, pensé. Nada que no pudiera soportar.

Pero los quince días fueron un mes, y un mes dos, y así hasta llegar a seis meses.
Y hubo mucha gente bonita.
Y hubo risas.
Y hubo grandes momentos.
Y hubo muchos días maravillosos.

Y, de repente, Santiago no era tan gris.
De la noche a la mañana, había flores en las ventanas, sonrisas en las calles y gente que abre las puertas de su casa a una completa desconocida.Y amigos.Y Distracciones de Ojos Azules y Voz de Narrador© que, aunque todo haya sido nada (y si tal hablo de eso en otro momento), me han devuelto muchas cosas que creía perdidas.
Así que de pronto me vi rezando por volver a un sitio del que quería huír como de la peste.
Ni tan siquiera un desamor, o lo que sea esta tristeza que llevo dentro, pudo empañar mi vuelta a Santiago.

He hecho las paces con una ciudad a la que le he profesado muchos años de odio.
Y en (gran) parte se lo debo a gente como A y a R, compañeras de cañas sin igual, que me devolvieron la fe en una ciudad que consideraba maldita.

No estoy en condiciones de escribir porque llevo demasiada cerveza a bordo y seguramente este post se destruirá cuando se me pase la resaca, pero tenía que decíroslo.

Gracias, A y R, por todo.