martes, 27 de febrero de 2018

Pereza extrema

Poor Tom Nuggents lazy cow by David Shanahan

No sé si es cosa de la edad o de una cierta sociopatía eminente pero últimamente la gente me da cada vez más pereza.
En serio, qué horror.
Hace años me hubiera partido la cara (metafóricamente) con cualquiera que me llevara la contraria en cualquier discusión, y me hubiera enredado durante horas en debates normalmente estériles intentando convencer al "oponente" de lo errado de su punto de vista. Por aquellos tiempos era joven, tenía energía y había leído libros; era la época de los blancos y negros, del todo o nada, del ardor de la juventud.
We were young, brash, cocky—we knew everything. Por suerte, como las gripes, esto también lo ha curado el tiempo: ahora mismo sé que no tengo ni idea de nada, parafraseando al griego aquel. He perdido la cuenta de las veces en las que, estando firmemente convencida de algo, ha llegado alguien con mejores argumentos y me ha hecho cambiar de parecer. Supongo, tal vez, que he aprendido a escuchar.
Y escuchando más que hablando, aunque sigo siendo bastante bocazas, me he dado cuenta de la pereza inmensa que siento hacia la gente. 
Obviamente se trata de una generalización: sigo encontrándome con personajes maravillosos a los que da gusto escuchar, pero son los menos. Estoy saturada de expertos de bar, de todoloséístas, de sabios de Wikipedia. De escuchar monólogos en vez de participar en conversaciones. De los reaccionarios del pensamiento único, su pensamiento único, enamorados de su propia voz y henchidos de su propia vanidad que dan mítines ignorantes de su propia estulticia. 
Y, ante estos personajes, asiento y sonrío, pareciendo mucho más imbécil de lo que realmente soy. Sonrío porque me hace gracia recordar que no hace tanto me hubiera enzarzado en una discusión con ellos, lo que viene siendo como intentar parar un tren con la frente. Y sonrío porque recuerdo lo mal que me sentara el hecho de que hace unos años tres personas que por aquel entonces estaban muy vinculadas a mi vida (¿qué habrá sido de ellos, por cierto?) me acusaran con muy poco tiempo de diferencia de ser condescendiente. 
Vaya si lo soy. Porque gracias a esta condescendencia autoadquirida puedo ahorrarme tiempo en mi vida. Porque gracias a ella puedo aguantar impávida la enésima charla que me da el listo de turno sobre que lo mejor es la cerveza artesana (todas ellas, no hay ni una mala), que los festivales son una mierda y sólo merecen la pena los conciertos de artistas durante sus giras y sobre lo importante que es apuntar a los niños a clase de inglés en cuanto se les corta el cordón umbilical. Porque he aprendido a convertir semejantes peroratas en white noise que sirve de fondo a mis pensamientos. 
Y es que, aunque no lo parezca, pienso mucho. Muchísimo. A veces, incluso, cosas importantes.
Como en lo horrible que es ser imbécil y no saberlo. Y en la pereza que me da, en general, la gente que me rodea.

domingo, 18 de febrero de 2018

Oda a la improductividad

Arriésgate, sal de tu zona de confort 25 veces al día.
Ve a Pilates, haz Zumba, anda en bici y respira aire puro.
(Respira, coño, que es buenísimo para la salud.)
Ve documentales, películas, series, procura estar siempre a la última de todo.
¿La última de Lars von Trier? Ya la has visto, aunque no la hayas entendido*.
¿El último de Murakami? Ya lo has leído, aunque no se haya ni publicado. 
Ve a conciertos, a exposiciones. Visita galerías de arte, todas las que puedas. 
Trabaja, estudia... trabaja y estudia. 

Sé tu mejor yo. 
Vive, ¡vive! 
Y demuestra tooooooodo lo que puedes vivir, porque somos así, intensos, y aprovechamos el tiempo.
Cada minuto es un regalo. ¡Carpe diem, malditos!



O, simplemente, pasa de todo y haz lo que te apetezca.
Reconozco que normalmente a mis días les faltan horas y cuadrar algún que otro plan es imposible por falta de tiempo. Reconozco que normalmente ando de la ceca a la meca, siempre a la carrera, siempre con cosas pendientes que hacer.

Pero, a veces, me gusta esconderme de mi propia vida.

Esta semana que termina ha sido corta gracias a carnaval. He podido hacer puente en el trabajo, lo que me ha permitido tener cuatro días libres. Si bien normalmente juntarme con tantas horas de ocio significaría encadenar algún concierto o visita a alguna exposición con varias rondas de cañas, un par de documentales y unos cuantos artículos sesudos de escritores variados, esta vez me he tomado vacaciones.

Y, qué queréis que os diga, no me arrepiento de nada.

No me arrepiento de haberme pasado horas en pijama tirada en el sofá viendo cualquier chorrada que no me hiciera pensar de las miles disponibles en Netflix. Ni me arrepiento de no haber mirado la agenda cultural, ni se haber hecho el más mínimo esfuerzo por hacer algo medianamente productivo. No he adelantado trabajo atrasado, ni me he puesto al día con la colada, ni he solucionado ninguna de las miles de "Cosas Pendientes Para Hacer Cuando Tenga Un Ratito".
No he salido ni siquiera a pasear, y si han caído algunas cañas ha sido porque el cuerpo ya me dolía tras tanta horizontalidad inerte.

Me he convertido en una "nini" estos días, y no me arrepiento de nada.
Porque estoy bastante harta de este espíritu de superación personal que se ha adueñado de todos nosotros sobre todo desde que tenemos redes sociales. Y, si bien es cierto que me gusta ser una persona activa y hacer cosas, de vez en cuando necesito unas vacaciones de mi propia vida.
Porque no tengo que demostrarle nada a nadie y, a veces, lo único que quiero es estar conmigo misma (que, a fin de cuentas son muchos años y he aprendido a tolerarme bastante bien) y resetear el cerebro.

Mañana empieza una nueva semana.
Tengo millones de cosas pendientes en el trabajo que me recibirán mirándome acusadoras en cuanto entre por la puerta y haré algunas, todas o la mayoría.
Tal vez vaya a Pilates.
Intentaré sacar un hueco para estudiar antes o después de trabajar.
Caerán algunas cañas (salvo desgracia inesperada).
Hay una exposición de Salvador Dalí que me tienta.

Volveré a ser productiva (o no). Hasta el próximo arrebato de improductividad que me sobrevenga.


(Imagen de la película The Big Lebowski de Joel Coen)





*Seamos sinceros, no las entiende ni él.