[Fotografía: esta es mía]
Te miro de reojo mientras me acompañas en mi estudio y sonrío al ver tu ceño fruncido. La inactividad de los días de vacaciones de los que "disfrutas" te está carcomiendo por dentro. Se nota en cada uno de los músculos de tu cuerpo en tensión, en tus mandíbulas crispadas, en las arrugas de tu frente malhumorada, en la fuerza con la que tus dedos aprietan el mechero y en la ostinación de tu mirada en la pared, que evita mirar el reloj y suspirar por enésima vez en la tarde.
Sonrío, porque sé que no pasará mucho tiempo antes de...
- Voy a hacer alguna foto... - anuncias mientras te levantas casi de un salto, coges la cámara al vuelo y de diriges a la puerta -, ¿te vienes?
Sonrío, cojo la cazadora, sigo tus pasos. Atardece en la ciudad.
Las calles están llenas de gente que sale del trabajo, que va hacia casa, que se hace de rogar mientras se diluyen los últimos rayos de luz y se encienden las farolas. Tu dedo aprieta el botón nervioso, como presa de un espasmo. Una, dos... mil fotos.
Seguimos andando, mirando las calles tan distintas bajo la luz de una primavera que quiere travestirse de verano aunque aún tenga alma de invierno. Otra captura, otra, otra más... fumo en silencio y sigo tus pasos, sin pensar en anda.
Seguimos la ruta que inventamos sobre la marcha: una iglesia, un colegio, mil casas, un hospital, una fuente, más casas... Una pareja que camina de la mano, una anciana con su bastón, un gato callejero que nos sortea, las luces de las bombillas encendiéndose...
Siguen tus disparos, acompañados del humo de mi cigarro.
Cruzamos plazas, jardines, entramos en solares abandonados, algunos en obras, rodeados de bosques de puntales de metal oxidado y despintado. Nadie nos dice nada porque nadie nos ve, porque hay calles en las que ya no queda nadie para ver sucumbir agonizar a los edificios, víctimas del abandono y el tedio.
Nos colamos en una de las casas que a penas se mantiene en pie. Levantamos montañas de polvo y cascotes con nuestros pasos. Apartamos telarañas, obviamos el olor a moho y humedad, nos alejamos del papel de las paredes que, podrido, resbala lánguidamente hacia el suelo.
Mientras sigues fotografiando la radiografía de la casa, miro a mi alrededor. Entre las paredes aún parece oírse el murmullo de las voces que otras veces la habitaron.
Tal vez sea esta casa en ruinas el lugar en el que te espera el enfoque perfecto, ese plano que tanto buscas. Tal vez sea este el escondrijo de mis musas.
- ¿En qué piensas? – Preguntas mientras guardas la cámara
- En nada…
Una pareja, un gato, una anciana, las farolas... Cruzamos plazas, jardines... Volvemos a casa.