[Fotografía: nubes colgando]
Se despertó una mañana como otra cualquiera. Era lunes… no, miércoles… creo. Las nubes seguían colgando del cielo, en el mismo sitio en el que las había dejado el día anterior.
Minutos de pereza estirándose en cama.
Sólo necesito una señal para saber si merece la pena seguir o no…
Desayuno. La taza que había comprado aquella tarde que siempre recordaría se estrella contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos.
La bufanda que le había regalado en su último cumpleaños sale desteñida de la lavadora.
Bajando las escaleras de su portal, rompe uno de los tacones de los zapatos que había llevado en su primera cita.
Conduciendo, pasa por delante de aquel hotel en el que tuvieran su primer encuentro a solas… está cerrado por derribo.
La orquídea que le había regalado meses atrás la recibe marchita y seca cuando llega a su oficina.
En su correo hay tres mensajes publicitarios sobre divorcios y uno sobre una red de búsqueda de pareja.
A mediodía descubre que ha perdido su alianza.
No recibe ninguna llamada “suya”, sólo un par de antiguas parejas invitándola a tomar una copa “un día de estos”.
Volviendo a casa ve que han quitado del escaparate de esa tienda de ropa la cazadora que él lleva meses pensando comprar.
Llega a casa: en el contestador no hay mensajes “suyos”.
Descubre al encender el ordenador que se han borrado misteriosamente las fotos de sus últimas vacaciones juntos.
Mira por la ventana, las nubes siguen colgando en el mismo sitio en el que las había dejado esta mañana.
Suspiro.
Se pinta en el espejo, el reloj sigue avanzando. Cinco minutos antes de salir, mensaje “de él”. Se pospone la cita.
Se asoma a la ventana, mirando a las nubes que parecen haberse quedado pegadas en el cielo.
Tal vez mañana recibiría alguna señal…





