domingo 1 de noviembre de 2009

01 - XI - 19**


[Fotografías que envejecen conmigo]

[...]

- Puedes aprender.


Ella meneó un poco la cabeza.


- No. Soy demasiado mayor...
- ¿Qué dices? tienes veinte años nada más... a los veinte años se puede hacer cualquier cosa.
- Excepto tener otra edad.


Él asintió, perplejo.


- Sí, pero no sé para qué sirve tener una edad distinta a la que se tiene.


Luisa miró hacia la columna de escayola y se abrazó a la pierna como buscando un apoyo de forma casi instintiva.


- Quiero decir - precisó sin alterarse - que uno se pasa la vida siendo demasiado joven o demasiado viejo para algo.


Él sonrió, como condescendiendo a la ocurrencia.


- Ya sé. Se tenga la edad que se tenga, los años siempre son un estorbo.


Luisa se enfrentó a los ojos eternos de Cósimo Herrera.


- Al contrario. Son la excusa que usamos para no hacer aquellas cosas de las que no somos capaces.


[Marta Rivera de la Cruz, Que veinte años no es nada]

domingo 25 de octubre de 2009

Huída



[Fotografía: quien espera]

Canturreaba una canción mientras caminaba de una habitación a otra: ahora con unos jerséis en las manos, luego con unas toallas, después volviendo a pasar con el neceser hacia el baño… la sonrisa se le escapaba de los labios, sin que se diera cuenta.
Él, hierático, con el ceño fruncido, la observaba en silencio, apoyado contra el quicio de la puerta.
Ella tarareaba una canción que olía a mar y kilómetros recorridos, mientras guardaba la ropa en la maleta. Él la miraba severo, mordiéndose las uñas.

- Creo que ya está todo… - sonrió ella, complacida -. Odio preparar el equipaje, siempre tengo la sensación de que me olvido algo.

Como toda contestación, él cruzó los brazos sobre el pecho y miró hacia otro lado.

Ella, feliz, comprobó por enésima vez que todo quedaba organizado. ¿Había cerrado todas las ventanas? ¿Quedaba alguna luz encendida? ¿Se había acordado de dejarle las llaves a la vecina para que subiera a regarle las plantas?

Su canción seguía sonando entre los tabiques de la casa.

- No sé para qué te vas… No sé qué necesidad tienes de… - disparó él de repente, a bocajarro, con toda la frialdad que tenía disponible.
- ¿Y por qué no habría de irme? No será mucho tiempo y me ayudará para…
- Te ayudará… ¿A qué? ¿Se puede saber para qué necesitas ayuda? ¿De qué crees que servirá todo eso? Te irás, pasarás una temporada fuera, y finalmente volverás y aquí todo será igual.

La voz le temblaba ahora por la ira. Ella, que había dejado de cantar, se sentó en la cama, paciente, tranquila, con una expresión serena que acabó por desquiciarlo.

- Vete, anda, corre. Vete y huye como los cobardes. ¿Piensas que tus problemas no te seguirán allí a donde vayas? Tal vez no lo hagan, pero sabes que volverás, que esto no es más que una huída perecedera, que pronto te tocará volver y todo seguirá igual de podrido que cuando te fuiste… Así no se soluciona nada, no es más que una postergación de lo inevitable…

Tranquilamente, ignorando sus nervios, ella le dio la espalda y volvió a abrir la maleta, para comprobar por última vez que no le faltaba nada.

- Seguramente sea así, ya lo sé. Sé que volveré y que todo seguirá igual de enmarañado, que me seguiré ahogando, buscando el valor que me falta, como tú dices, para enfrentarme a mis conflictos…

Pantalones, calcetines, ropa interior… sí, estaba todo.

- Pero, ¿sabes qué? – De pronto su luz se volvió a iluminar, parecía que volvía a cantar -. No me importa auto engañarme, porque de vez en cuando todos tenemos derecho a hacerlo. No me importa escaparme, aunque sea de cobardes. No me importa esconder la cabeza debajo del ala por una vez en mi vida.

Tomó aire. Le temblaban las manos cuando cerró la cremallera. Todo estaba listo, incluso ella.

- Si escapándome unos días consigo respirar, habrá merecido la pena.

Cuando se dio la vuelta para enfrentarse a él, ya no estaba. Se había marchado y la dejaría en paz por lo menos hasta su vuelta. Y entonces… ya se vería.

Arrastró la maleta y cerró la puerta sin mirar atrás.



A todos los que me habéis acompañado 
en estas semanas de huída sin saberlo:
Gracias y hasta pronto

lunes 24 de agosto de 2009

Trabajo de costura


[Fotografía: MF hilvanando retales efímeros]


Primero esa sensación de que algo se rompe
como si tras un movimiento torpe

arrojara sin premeditación

un cuerpo de cristal al suelo,

o como si se rasgara

la tela de una camisa vieja

que cede chirriante,

herida.

Muerta.


Es algo más fútil,

más discreto;

es como un hilo,

un cable que parte tras un golpe seco,

con el ruido sordo, tintineante,

de la caja de costura que cae

derramando alfileres por el suelo,

haciendo rodar dedales

y desperdigando botones huérfanos.

Incapaz de levantarse de nuevo.


Tras caer, al romperse,

han cedido también las ganas
y todo queda impregnado
de sensación de manos vacías

que se apagan en el regazo.
Ahora, sin labores pendientes,
descansan enviudadas
de hilos, de dedales y de costuras
y de ayeres iguales a los mañanas.
Ya no hay tareas pendientes
salvo quedarse ahí, cruzadas,

dejando paso a una estúpida sonrisa
como de vida agotada.


[Para María Antonia, gran poeta, gran amiga

y mejor persona]

jueves 6 de agosto de 2009

De plástico y helio


[Fotografía: Chopak]

Un día, cuando era pequeña, acompañó a sus padres a una feria. Allí, entre luces giratorias de los carruseles, olor a azúcar quemado y músicas estridentes que se mezclaban con el ruido de la gente formando un galimatías digno de una Babel contemporánea, vio a un hombre que sujetaba un puñado de globos de colores. Su reacción no se hizo esperar.

- Mamá, ¿me das dinero para comprarme un globo?

La madre, complaciente y transigente con los pequeños caprichos de su hija, le dio una moneda para que se comprar uno. Pero para su sorpresa, la niña no hizo sino guardarse la moneda y seguir caminando.

- Cariño, ¿no decías que te querías comprar un globo?
- No hay prisa, ya lo compraré después.

Se marcharon de la feria y la niña no compró el globo, pero no pareció importarle. Pasaron los días, los meses y cada vez que se encontraban a quien los vendiera, ella pedía dinero para comprar uno, sin llegar a hacerlo nunca.

Lo más curioso era que por más que pasaban los años y la niña se iba metamorfoseando en una adolescente, seguía pidiendo dinero para lo mismo. La madre, extrañada, se limitaba a encogerse de hombros, consciente de que ésa sería una de las muchas cosas que nunca llegaría a comprender de su hija, y esperaba el día en el que por fin le confesara qué era lo que realmente hacía con el dinero.

La muchacha siempre contestaba lo mismo:

- Ya lo compraré después...

La niña que luego fue adolescente se convirtió en una mujer. Nunca había comprado un globo y hacía mucho tiempo que ya no iba a las ferias con sus padres.

De repente, un día como otro cualquiera miró el calendario, apuró los restos del frío café del desayuno y chasqueó la lengua.

- Bueno, creo que ya es hora.

Salió de casa en su búsqueda, y no tardó mucho en encontrarlo. Cuando el vendedor ambulante escuchó la petición de aquella mujer, tardó unos minutos en comprenderla.

- Dice... ¿Dice usted que quiere comprar todos mis globos?

Sin añadir palabra, le tendió al hombre (que todavía no entendía muy bien la situación) la suma que llevaba ahorrando todos aquellos años. Cuando por fin los tuvo en las manos, cerró los ojos y...

...voló.

Una pareja que pasaba por allí cerca la vio elevarse en el cielo, boquiabiertos.

- Lo que me faltaba por ver - dijo ella -. La gente está loca.
- ¿Loca? ¿No te parece bonito? Querer escapar, empezar de nuevo lejos y hacerlo de este modo...
- Anda, calla, calla... hay que estar loca, habiendo aviones y transportes hacer semejante tontería...

Dando por zanjada la conversación, lo agarró del brazo y tiró de él calle arriba. Él seguía mirando de reojo la silueta de la mujer que cada vez se alejaba más y más, haciéndose pequeñita hasta desaparecer.