lunes 6 de julio de 2009

Creador de historias

[Fotografía: Ellen Kooi]

Desde que era pequeña él siempre le había contado las mejores historias del mundo. Durante horas y horas hablaba de princesas de cristal encerradas en torres de marfil tan altas que no se veía su fin, de aguerridos príncipes que siempre cabalgaban caballos blancos, de dragones horrendos que aterrorizaban reinos muy lejanos, de magos y brujas capaces de cualquier encantamiento.
Las tardes de su niñez sabían a aquellas historias que él siempre le contaba, llenando horas muertas de los días culgares. Durante muchos años vio desfilar ante ella una comitiva de seres fantástivos que adornaron la mediocridad de lo cotidiano, saliendo de aquellos labios que nunca se cansaban de contale lo difícil que era cazar un unicornio, la cantidad de príncipes que había por el mundo transformados en sapos, el peligro de las manzanas envenenadas, la extrema bondad de las hadas.
Fue creciendo entre aquellas historias, y a medida que los años pasaron, cada vez veía más difícil seguir creyendo aquellas historias. Durante un tiempo lo intentó, siguió confiando en las hadas madrinas y en los centauros, en las ninfas que habitaban los bosques, en los hombres lobo. Él, aparentemente, no notaba la vacilación de la niña que no era tan niña, y seguía contándole aquellos cuentos inverosímiles.
La niña que no era tan niña dejó de creer, y aquel mundo fantástico que había sido su refugio tanto tiempo se desvaneció. A fuerza de costumbre, seguía acudiendo a su cita, seguía oyéndole contar aquellos cuentos con la misma devoción que antes. Quería seguir creyendo.
Pero no podía.
La voluntad no lo es todo, y querer no siempre es poder. Llegó un día en el que se cansó de tantas mentiras que no por bellas dejaban de ser embustes. Se cansó de oír los monólogos, de aquellas palabras tan bonitas pero tan poco reales.
Se cansó de que no fuera verdad aquello que él seguía repitiendo.
Así que un día rompió aquella rutina que había durado tantos años y ya no volvió.
Él se encogió de hombros con desinterés al notar que la niña ya no tan niña se había marchado para siempre.
Le daba igual.
Llevaba tantos años de experiencia que sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que otra niña se acercara a él en busca de sus historias.
Y, en el fondo, ¿qué importaba quién fuera el público, mientras hubiera quien le creyera?

[Queridos amigos, me voy. Puede que el viaje sea largo, puede que no.
Os dejo las agujas enhebradas, un montón de retales diminutos y una colección de dedales.
Porque sin vosotros estos Retales de la Nada serían simplemente eso... Nada.
Grazas a todos por todo]


jueves 18 de junio de 2009

El día más feliz

[Fotografía: de Internet, autor desconocido]


Era el día más feliz de su vida.
Abrió la puerta de la calle para dejarla pasar y bajó despacio las escaleras. Las rodillas le dolían y el bastón no le servía de mucho, pero dar aquel paseo era algo que llevaba esperando tanto tiempo que el dolor era algo tan despreciable...

- Esta es la calle Mayor – comenzó a contar, hablando con la voz un poquito rara, mientras caminaban despacito por la acera, cuidándose de no tropezar en los adoquines levantados por las constantes obras del centro de la ciudad -. En esta calle antes había muchos cafés y librerías, se respiraba aire artístico, de cultura, de ambiciones… ahora, como ya ves – dijo levantando el bastón mientras se detenía, señalando con él los edificios de su alrededor – todo son locales comerciales y tiendas de ropa. Otra cosa más que se ha perdido en esta ciudad.

Siguieron el camino, pasando por la zona de la catedral (tan llena de turistas y cámaras), por los jardines del ayuntamiento (con palomas por doquier), por la escalinata de la estación (cuyos empinados escalones estuvieron a punto de hacerle caer en más de una ocasión). Llegaron a uno de los parques más grandes de la ciudad, en el que aprovechando la bonanza del día, la gente paseaba y se detenía a charlar, como si de repente nadie tuviera prisa ni nada que hacer. Sentado en uno de los bancos, con los ojos húmedos y los pulmones impregnados de clorofila, siguió hablando.

- A este parque vine muchas tardes, muchas mañanas, muchas noches incluso cuando necesitaba un paseo que me permitiera alejarme sin ir a ninguna parte de mis fantasmas internos. Hace tiempo que ya no puedo hacerlo, por esto de los huesos, pero han sido tantas horas las que he pasado en medio de estos árboles…

Interrumpió su discurso, sin mirarla. No se atrevía a hacerlo, le bastaba saborear la sensación de tenerla cerca, después de tanto tiempo.
- Tantas horas de paseo – retomó, con la voz temblorosa -. Tantas veces pensando en ti, en lo imposible que eras, en lo maldito del mundo que te había llevado lejos, a otros rumbos, a otros brazos, tan lejos de mí… ese continuo pensar que nunca te tendría…

Rebuscando con sus torpes dedos artríticos en el bolsillo sacó un pañuelo de tela arrugado y amarillento a causa de los continuos lavados con el que se secó los ojos húmedos de tanta belleza y tanta alegría contenida.

- Y después de todo, a pesar de que parecía imposible… Mírate… Míranos… Por fin juntos… por fin puedo pasear contigo por esta que ya es también tu ciudad.

La miró, y supo en ese mismo momento, sin añadir nada más, que nunca había sido más feliz en su vida.
Cuando pudo calmarse, reanudaron el paseo por las calles de una ciudad que estaba orgulloso de poder mostrar a alguien tan especial, a quien había esperado pacientemente durante tanto y tanto tiempo, durante toda una vida de suspiros escapados y paseos por el parque.

En un momento se cruzaron con una mujer y su hijo pequeño quien, con el descaro propio de la infancia, se giró para mirar su lento y vacilante paseo.

- Mamá, ese hombre… ¿por qué habla solo?
- No lo sé, hijo. No lo mires.

La buena de la señora suspiró mientras cogía la mano de su hijo (quien ya se había olvidado del hombre y caminaba saltando las baldosas) y se cerró el cuello de la cazadora.
Era increíble la cantidad de gente loca que se veía últimamente por la ciudad.

viernes 12 de junio de 2009

Volarás


[A la viajera que, esta vez,
se nos tuvo que quedar en tierra.
Take it easy, sweetie]

lunes 1 de junio de 2009

Lunes de trabajo

[Fotografía: mi ejército del mal]

Tarde extrañamente silenciosa. No hay tráfico en la siempre bulliciosa calle. Las vecinas no se detienen a conversar durante horas en la acera. Los niños no pasan corriendo y chillando hacia el parque. No se oyen los estridentes bocinazos del vecino que intenta salir de su garaje y se encuentra con otro coche aparcado en la puerta. Las obras que llevan meses atronándonos están paradas.

El calor parece haber sumido a todo el barrio en una especie de letargo en la hora de la siesta. Duermen hasta los coches, los pájaros, los semáforos.

Mi ciudad duerme.

Mis alumnos no. Yo tampoco.

Eterna tarde de lunes que no pasa, que se ha congelado, que también ha hecho dormir al reloj que no corre, que se detiene, fulminado por los rayos de este sol abrasador que entra inmisericorde a través de las rendijas de la persiana que, desde hace años, está estropeada.

Mis alumnos bostezan.

Salgo un momento del aula, dejo la puerta abierta (cualquiera se fía de estos...). Todo es silencio: el resto de las aulas parecen desiertas, no hay nadie en la entrada y el teléfono (¡oh, milagro!) no suena.

Silencio inquebrantable en esta tarde que no termina.

De repente, resuenan en el vestíbulo las voces de mis alumnos, primero como un susurro tímido, después con más nitidez.

L. - ¡Jo! ¡Cuántos ejercicios!
C. - Hoy la profe se está pasando...
D. - Está enfadada.
L. - ¿Qué le pasa?
A. - No sé, pero está muy seria.
D. - Discutió con el novio.

(Arqueo una ceja, mientras sigo escuchando con la mano en el pomo de la puerta).

L. - ¡Ah! Pero... ¿tiene novio?
C. - ¡Hombre! ¡Seguro! ¿No ves que ya es vieja?

(Arqueo aún más la ceja. Sigo escuchando).

A. - Si, es verdad... ya tiene que tener novio, casarse...
C. - ¿Está casada?
D. - No sé... Hijos no tiene de momento...
L. - Pues ya le es hora...
A. - Sí. Si no tiene ya marido ni niños, ya no los va a tener nunca.

Abro la puerta, entro con una sonrisa. Ellos, muy modositos, siguen trabajando.

Se van con la cara llena de alegría cuando, inesperadamente, les digo que no llevan deberes para el día siguiente.

Veremos de qué se les llena mañana la cara cuando lleguen y se encuentren con un examen sorpresa...