Era el día más feliz de su vida.
Abrió la puerta de la calle para dejarla pasar y bajó despacio las escaleras. Las rodillas le dolían y el bastón no le servía de mucho, pero dar aquel paseo era algo que llevaba esperando tanto tiempo que el dolor era algo tan despreciable...
- Esta es la calle Mayor – comenzó a contar, hablando con la voz un poquito rara, mientras caminaban despacito por la acera, cuidándose de no tropezar en los adoquines levantados por las constantes obras del centro de la ciudad -. En esta calle antes había muchos cafés y librerías, se respiraba aire artístico, de cultura, de ambiciones… ahora, como ya ves – dijo levantando el bastón mientras se detenía, señalando con él los edificios de su alrededor – todo son locales comerciales y tiendas de ropa. Otra cosa más que se ha perdido en esta ciudad.
Siguieron el camino, pasando por la zona de la catedral (tan llena de turistas y cámaras), por los jardines del ayuntamiento (con palomas por doquier), por la escalinata de la estación (cuyos empinados escalones estuvieron a punto de hacerle caer en más de una ocasión). Llegaron a uno de los parques más grandes de la ciudad, en el que aprovechando la bonanza del día, la gente paseaba y se detenía a charlar, como si de repente nadie tuviera prisa ni nada que hacer. Sentado en uno de los bancos, con los ojos húmedos y los pulmones impregnados de clorofila, siguió hablando.
- A este parque vine muchas tardes, muchas mañanas, muchas noches incluso cuando necesitaba un paseo que me permitiera alejarme sin ir a ninguna parte de mis fantasmas internos. Hace tiempo que ya no puedo hacerlo, por esto de los huesos, pero han sido tantas horas las que he pasado en medio de estos árboles…
Interrumpió su discurso, sin mirarla. No se atrevía a hacerlo, le bastaba saborear la sensación de tenerla cerca, después de tanto tiempo.
Abrió la puerta de la calle para dejarla pasar y bajó despacio las escaleras. Las rodillas le dolían y el bastón no le servía de mucho, pero dar aquel paseo era algo que llevaba esperando tanto tiempo que el dolor era algo tan despreciable...
- Esta es la calle Mayor – comenzó a contar, hablando con la voz un poquito rara, mientras caminaban despacito por la acera, cuidándose de no tropezar en los adoquines levantados por las constantes obras del centro de la ciudad -. En esta calle antes había muchos cafés y librerías, se respiraba aire artístico, de cultura, de ambiciones… ahora, como ya ves – dijo levantando el bastón mientras se detenía, señalando con él los edificios de su alrededor – todo son locales comerciales y tiendas de ropa. Otra cosa más que se ha perdido en esta ciudad.
Siguieron el camino, pasando por la zona de la catedral (tan llena de turistas y cámaras), por los jardines del ayuntamiento (con palomas por doquier), por la escalinata de la estación (cuyos empinados escalones estuvieron a punto de hacerle caer en más de una ocasión). Llegaron a uno de los parques más grandes de la ciudad, en el que aprovechando la bonanza del día, la gente paseaba y se detenía a charlar, como si de repente nadie tuviera prisa ni nada que hacer. Sentado en uno de los bancos, con los ojos húmedos y los pulmones impregnados de clorofila, siguió hablando.
- A este parque vine muchas tardes, muchas mañanas, muchas noches incluso cuando necesitaba un paseo que me permitiera alejarme sin ir a ninguna parte de mis fantasmas internos. Hace tiempo que ya no puedo hacerlo, por esto de los huesos, pero han sido tantas horas las que he pasado en medio de estos árboles…
Interrumpió su discurso, sin mirarla. No se atrevía a hacerlo, le bastaba saborear la sensación de tenerla cerca, después de tanto tiempo.
- Tantas horas de paseo – retomó, con la voz temblorosa -. Tantas veces pensando en ti, en lo imposible que eras, en lo maldito del mundo que te había llevado lejos, a otros rumbos, a otros brazos, tan lejos de mí… ese continuo pensar que nunca te tendría…
Rebuscando con sus torpes dedos artríticos en el bolsillo sacó un pañuelo de tela arrugado y amarillento a causa de los continuos lavados con el que se secó los ojos húmedos de tanta belleza y tanta alegría contenida.
- Y después de todo, a pesar de que parecía imposible… Mírate… Míranos… Por fin juntos… por fin puedo pasear contigo por esta que ya es también tu ciudad.
La miró, y supo en ese mismo momento, sin añadir nada más, que nunca había sido más feliz en su vida.
Cuando pudo calmarse, reanudaron el paseo por las calles de una ciudad que estaba orgulloso de poder mostrar a alguien tan especial, a quien había esperado pacientemente durante tanto y tanto tiempo, durante toda una vida de suspiros escapados y paseos por el parque.
En un momento se cruzaron con una mujer y su hijo pequeño quien, con el descaro propio de la infancia, se giró para mirar su lento y vacilante paseo.
- Mamá, ese hombre… ¿por qué habla solo?
- No lo sé, hijo. No lo mires.
La buena de la señora suspiró mientras cogía la mano de su hijo (quien ya se había olvidado del hombre y caminaba saltando las baldosas) y se cerró el cuello de la cazadora.
Era increíble la cantidad de gente loca que se veía últimamente por la ciudad.
Rebuscando con sus torpes dedos artríticos en el bolsillo sacó un pañuelo de tela arrugado y amarillento a causa de los continuos lavados con el que se secó los ojos húmedos de tanta belleza y tanta alegría contenida.
- Y después de todo, a pesar de que parecía imposible… Mírate… Míranos… Por fin juntos… por fin puedo pasear contigo por esta que ya es también tu ciudad.
La miró, y supo en ese mismo momento, sin añadir nada más, que nunca había sido más feliz en su vida.
Cuando pudo calmarse, reanudaron el paseo por las calles de una ciudad que estaba orgulloso de poder mostrar a alguien tan especial, a quien había esperado pacientemente durante tanto y tanto tiempo, durante toda una vida de suspiros escapados y paseos por el parque.
En un momento se cruzaron con una mujer y su hijo pequeño quien, con el descaro propio de la infancia, se giró para mirar su lento y vacilante paseo.
- Mamá, ese hombre… ¿por qué habla solo?
- No lo sé, hijo. No lo mires.
La buena de la señora suspiró mientras cogía la mano de su hijo (quien ya se había olvidado del hombre y caminaba saltando las baldosas) y se cerró el cuello de la cazadora.
Era increíble la cantidad de gente loca que se veía últimamente por la ciudad.






19 que agora xa o saben:
es una mirada hacia mi futuro. lo presiento. es tu estilo, el cuento. Saludos.
Hola,
Tiempo sin pasar por acá. ¿Cómo estás? Me alegro que sigas escribiendo con la misma fuerza.
Beso
Xanela, tan tierna y sorprendente como siempre...
Un beso desde el Mediterráneo.
Así de duro es ver como pasa el tiempo por todo, la vida, la ciudad; todo cambia a nuestro alrededor, y en nuestro interior, pero los recuerdos de la vida, de tu ciudad, nunca cambian, siempre quedan ahí, en nuestro corazón, en nuestra mente, y quien no ha hablado solo alguna vez, incluso en voz alta.
Me ha impresionado tu relato, maravilloso, es como si lo estuvieras viviendo.
Un beso grande
soberbio...¿realidad o ficción? ¿actual o futuro?
Un beso
Cuánta delicadeza... Precioso relato repleto de melancolía.
Besoss
Estupendo cuento, me ha encantado.
No sabes lo que daría por poder bajar al parque aunque fuera con bastón y hablando sola.
Besos
anamorgana
maravillosa locura..
Que pena y a la vez que romántico. La espera eterna por el ser amado, hasta que la muerte llega, el sentimiento de felicidad solamente producido por su mera presencia, ireal, casi etérea. Los paseos solitarios por calles olvidadas. Joder! lo has clavado.
Sigo esperando una fecha, una hora, un lugar, un café ;-)
Querida Xanela:
No recuerdo cuándo, dónde ni de quién he leído "prefiero morir loco que vivir cuerdo", pero leyendo hoy tu relato se me ha venido a la memoria.
Conmovedor.
Besos.
casi lo pude tocar*
besosdulces*
El día más feliz de mi vida, tiene que ver con una cama y un despertar lleno de besos.
Saludos.
Maldita soledad, maldita vida que nos lleva lejos de los puertos deseados. Malditos sueños que nos iluminan para luego martirizarnos toda la vida...¡Pobre hombre!. Mísero destino. Son tantos "locos" los que viven entre nosotros ignorados tal vez a sabiendas de que nosotros mismos no seremos más que carne de cañon en potencia...
Triste pero es la vida misma.
Me ha gustado mucho, aunque me ha entristecido.
Bicos en unha aperta¡¡
se dice en los mentideros...
la locura y la cordura son fronteras en guerra fratricida, pero hablamos de sensaciones, de existencia paralela.
Sin embargo...después de tanto tiempo, como no albergar alguna locura asi...
me ha recordado mucho a una Historia,
entre seres afines, será que hay treguas y corresponsales arriesgados en esa frontera.
besos volados.
.
"Tantas veces pensando en ti, en lo imposible que eras, en lo maldito del mundo que te había llevado lejos, a otros rumbos, a otros brazos, tan lejos de mí… ese continuo pensar que nunca te tendría…"
Exquisitamente amargo... gracias...
dice por ahí...
"Mi encuentro contigo es al perderte"
Que cosa más rara... cuando se deja de luchar contra la imposibilidad... hasta es posible disfrutar la amargura... Patetico, ¿no?
Saludos desde el abismo...
.
que bien escribes, chiquilla!
un beso
..la locura y el amor tienen su propio lenguaje, y ..a veces logramos comprenderlos.
un abrazo!
Xa non sei se fai máis complicado o camiño que os escalóns sexan moi altos ou demasiado longos. Camiñar/subir na procura da ledicia (felicidade resulta moita palabra para que se sosteña sola) é un magnífico entrenamento para non pasalo mal...
Un bico amodiño
¿Y qué es el amor, sino un modo de locura? De la persona y de las circunstacias depende si es benigna o no, pero en cualquier caso, es necesaria.
Otro abrazo. Como ves, me estoy poniendo al día con tu blog.
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